Suenan risas corteses y comentarios sazonados de ingenio. Alguien introduce el nombre de Lavoisier, menciona el aire vital y el aire ázote, y la conversación sigue por ahí. Sentado en el corro de sillas y sillones puestos de cualquier manera sobre una magnífica alfombra turca, vestido de muy correcto oscuro, don Hermógenes Molina, cuyo francés no es lo bastante bueno, asiente con sonrisa bondadosa cada vez que no entiende algo. Junto al bibliotecario, don Pedro Zárate, frac azul con botones de acero y calzón blanco de nanquín, se mantiene un poco aparte en su silla, algo envarado, más observador del ambiente y personajes que atento a la charla.
No soy un juez objetivo; me gustan las novelas de Pérez-Reverte, sus personajes y los mundos en los que se mueven (algunos más que otros, y hay alguna novela que he dejado pasar). En esta parece ofrecer a sus lectores clásicos los elementos que han hecho la biblografía de Pérez-Reverte atractiva a tantos: aventura, libros y cultura, viajes, una mirada mordaz a los tipos hispanos y un estilo rápido, inteligente y divertido.
En esta ocasión, y como novedad, encontramos además un retrato-defensa-exposición de la Academia a la que pertenece, y un juego narrativo (distinto al de El club Dumas) que se parece mucho a una visita medio ficticia, rápida y guiada por la tramoya de una novela. Uno de los puntos fuertes de la novela es la pericia del autor para destilar su erudición y su amplio trabajo de documentación de modo que, no solo no abruma al lector, sino que aumenta su disfrute de la historia.
Como muchas de sus novelas (especialmente de las primeras) es difícil de dejar de leer.
No comparto con Pérez-Reverte su fatalismo en cuanto al progreso de los pueblos (y el español en concreto). Es por ello que, aunque el autor no se identifique con la visión de don Hermógenes Molina (me parece que el autor se viste más de Pedro Zárate que de su compañero), hubiera sido justo permitirle al primero hablar más y completar algunos de sus balbuceos. La pareja hubiera ganado en solidez.
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lunes, 27 de julio de 2015
viernes, 10 de julio de 2015
Farenheit 451, por Ray Bradbury
—Bueno —le dijo ella por fin—, tengo diecisiete años y estoy loca. Mi tío dice que ambas cosas van siempre juntas. Cuando la gente te pregunta la edad, dice, contesta siempre: diecisiete años y loca. ¿Verdad que es muy agradable pasear a esta hora de la noche? Me gusta ver y oler las cosas, y, a veces, permanecer levantada toda la noche, andando, y ver la salida del sol.
Volvieron a avanzar en silencio y, finalmente, ella dijo, con tono pensativo:
—¿Sabe? No me causa usted ningún temor.
Él se sorprendió.
—¿Por qué habría de causárselo?
—Le ocurre a mucha gente. Temer a los bomberos, quiero decir. Pero, al fin y al cabo, usted no es más que un hombre…
Volvieron a avanzar en silencio y, finalmente, ella dijo, con tono pensativo:
—¿Sabe? No me causa usted ningún temor.
Él se sorprendió.
—¿Por qué habría de causárselo?
—Le ocurre a mucha gente. Temer a los bomberos, quiero decir. Pero, al fin y al cabo, usted no es más que un hombre…
Tengo un amigo al que le encanta la mezcla de ciencia ficción, futurismo y filosofía de Ray Bradbury. Es este último punto el que me disuadía de empezar a leer a este autor. Me lo imaginaba arduo.
Otro detalle del que habla el autor en la introducción aumentó mi temor: se trata de su primera novela. Sin embargo, el hecho de que tratara de un futuro en el que leer libros está prohibido, incitaba al mismo tiempo mi curiosidad. Igual que el detalle de cómo fue publicada por primera vez (también lo explica el autor en la introducción).
Aunque el estilo no es claro, el relato es atractivo, además de la reflexión que el libro plantea. La historia es interesante, y es suficientemente parca en descripciones como para que el lector pueda llenar con sus propios escenarios futuristas lo que no está escrito.
Uno de los puntos más interesantes del libro es reproducir una imaginación pasada acerca del futuro. Es aquí, en la constatación de los errores y aciertos de Bradbury, donde creo que surge una idea brillante: no es necesaria la represión física para el sometimiento de la población.
Próxima parada, Crónicas marcianas.
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