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lunes, 13 de agosto de 2018

La nube negra, de Fred Hoyle

Al terminar el asombroso cálculo de Weichart el Director pensó que era conveniente requerir a todos los reunidos que se guardara secreto. Estuvieran acertados o equivocados no podría derivarse nada bueno por hablar fuera del Observatorio, ni siquiera en casa. Una vez que saltara la chispa la historia se difundiría como el fuego en un depósito de inflamables y estaría en los periódicos antes de nada. El Director nunca había tenido oportunidades para pensar bien de los reporteros de los periódicos y particularmente de su exactitud científica.


No recuerdo cómo llegué a este libro, pero sí cómo me sedujo. Los primeros capítulos describen el mundo de la astronomía en los años centrales del siglo XX, y esa combinación de erudición y calma, de datos y conclusiones, la que que me conectó con la historia. Cuando el relato empieza a avanzar hacia pantanos más especulativos y ficcionales, se mantiene el tono de la narración y el estilo elegante de los diálogos, aunque la tensión vaya en aumento.

Aunque la historia rezuma sabiduría astrofísica, también ofrece una creatividad sorprendente. Es estupendo que se presuma al lector como un interlocutor capaz de seguir, aprender, compartir, disentir y disfrutar los intercambios de unos personajes agudos en su expresión y pensamiento.

No es para ti este libro si buscas fantasías espaciales con rayos láser y saltos al hiperespacio. Esto es ciencia ficción clásica, de la buena. Si te atraen la ciencia y las historias sólidas, lo vas a disfrutar.

Astronomical observatory in the forest. Odřejov, Czech republic. Photo by Martin Vorel.

viernes, 10 de julio de 2015

Farenheit 451, por Ray Bradbury

—Bueno —le dijo ella por fin—, tengo diecisiete años y estoy loca. Mi tío dice que ambas cosas van siempre juntas. Cuando la gente te pregunta la edad, dice, contesta siempre: diecisiete años y loca. ¿Verdad que es muy agradable pasear a esta hora de la noche? Me gusta ver y oler las cosas, y, a veces, permanecer levantada toda la noche, andando, y ver la salida del sol.
   Volvieron a avanzar en silencio y, finalmente, ella dijo, con tono pensativo:
—¿Sabe? No me causa usted ningún temor.
   Él se sorprendió.
   —¿Por qué habría de causárselo?
   —Le ocurre a mucha gente. Temer a los bomberos, quiero decir. Pero, al fin y al cabo, usted no es más que un hombre…


Tengo un amigo al que le encanta la mezcla de ciencia ficción, futurismo y filosofía de Ray Bradbury. Es este último punto el que me disuadía de empezar a leer a este autor. Me lo imaginaba arduo.
Otro detalle del que habla el autor en la introducción aumentó mi temor: se trata de su primera novela. Sin embargo, el hecho de que tratara de un futuro en el que leer libros está prohibido, incitaba al mismo tiempo mi curiosidad. Igual que el detalle de cómo fue publicada por primera vez (también lo explica el autor en la introducción).
Aunque el estilo no es claro, el relato es atractivo, además de la reflexión que el libro plantea. La historia es interesante, y es suficientemente parca en descripciones como para que el lector pueda llenar con sus propios escenarios futuristas lo que no está escrito.
Uno de los puntos más interesantes del libro es reproducir una imaginación pasada acerca del futuro. Es aquí, en la constatación de los errores y aciertos de Bradbury, donde creo que surge una idea brillante: no es necesaria la represión física para el sometimiento de la población.
Próxima parada, Crónicas marcianas.


lunes, 29 de junio de 2015

El marciano, de Andy Weir

Sí, cada tormenta de arena me obliga a realizar la inevitable limpieza de placas solares, una tradición venerable entre los marcianos campechanos como yo. Me recuerda que crecí en Chicago y que tenía que sacar la nieve a paladas. Le reconozco el mérito a mi padre; nunca afirmó que forjaría mi carácter ni que me enseñaría el valor del trabajo duro.
—Los quitanieves son caros —decía—. Tú eres gratis.


Carambola improbable: un anuncio en YouTube sobre una próxima película de Ridley Scott y una rápida investigación en Internet me van llevando hasta que encuentro un concepto que me termina de atrapar: ciencia ficción.

No confundamos. El marciano no se parece a Star Wars o Star Trek, que están muy bien pero que son fantasía. Me refiero a la ciencia ficción como la explica Arthur C. Clarke en la introducción a Cánticos de la Tierra lejana. Ficción sobre hechos o posibilidades científicamente plausibles.

El género resulta atrayente al que le interese la ciencia y el progreso tecnológico, pero resulta difícil de digerir si la historia no seduce o si el estilo es farragoso.

Bueno, pues aquí tenemos un bombón para el lector curioso: un relato que te mantiene en vilo, un formato -el diario, en buena parte- que permite una lectura fresca y un personaje del que cuesta despedirse al final.

Me ha gustado el espíritu, el tono y el trenzado de los puntos de vista.